En la discusión sobre la nueva movilidad hay que diferenciar dos aspectos que, si bien están relacionados, tienen una complejidad muy diferente. Uno tiene que ver con las emisiones de gases de los vehículos, tanto para su producción como en su uso. Estos a su vez se dividen en dos tipos de emisiones, las que contaminan y ponen en peligro la salud, y las otras que producen el efecto invernadero y el cambio climático. La industria automotriz se ha encaminado con toda decisión a la producción de autos eléctricos, los cuales dejan de emitir gases en su uso, aunque su producción y la generación de la energía eléctrica todavía no cumplen con ese objetivo.
El otro aspecto que no tiene una solución tecnológica tan evidente es la problemática de la movilidad en los centros urbanos. El auto eléctrico termina atrapado en los mismos embotellamientos, con la única ventaja que ya no contamina aun avanzando a vuelta de ruedas. Y hay analistas que especulan que el tan anunciado auto autónomo podría incluso empeorar las cosas, porque a sus ocupantes ya no les importa estar atorados o incluso mandan a sus autos a dar la vuelta a la manzana para no pagar estacionamiento.
El mejorar la movilidad en las ciudades inevitablemente pasa por reducir la circulación de automóviles y ofrecer otras opciones a los ciudadanos, que sean igual de cómodas y no le cuesten más caro. La solución obvia son medios de transporte público eficientes y cómodos, lo cual se queda muchas veces en buenos deseos porque requiere de los gobiernos altísimos gastos tanto para su construcción como para su operación que siempre será deficitaria. Hay algunas opciones que han resultado viables financieramente para ciertas zonas, como son los autobuses de carril confinado o los teleféricos.
Otra opción más futurista que involucra el vehículo eléctrico y la tecnología de la información son transportes colectivos flexibles que dan el servicio de llevar a los empleados de ciertas empresas, zonas comerciales o industriales, de sus casas a su trabajo. Esto incluye la posibilidad de estar totalmente conectados con su empresa desde que se suben al transporte, de manera que su tiempo de traslado ya se considera tiempo de trabajo.
Para los trayectos cortos en las ciudades podrían funcionar autos eléctricos muy compactos y básicos, de poca autonomía y con velocidad máxima de 50 km/h, que estarían sujetos a regulaciones menos exigentes tanto para el vehículo como para el conductor. Suponiendo que serían muy baratos se podrían convertir en una opción accesible de vehículo particular o compartido. Hasta ahora, la industria no ha considerado ofrecer esta categoría de autos, en parte porque no están claras las reglas para su circulación, pero seguramente también porque los márgenes de utilidad son más reducidos.
Finalmente queda una opción que muchas ciudades europeas, sobre todo del norte, han adoptado: la bicicleta. Su uso generalizado depende totalmente de la seguridad que ofrecen vías dedicadas para el ciclista en una red extensa y continua. También requiere de inversiones, pero mucho menores que los que exige el transporte público. Está también directamente relacionado con generar más disciplina de los automovilistas, dando prioridad al ciclista en cruceros, bocacalles y salidas de estacionamientos. Y además una restricción que a muchos conductores de vehículos motorizados todavía les parece inconcebible: velocidad máxima de 30 km/h en centros urbanos y zonas residenciales.
Para países como México, con climas más benignos que los europeos, la bicicleta es una solución lógica. Requiere de más infraestructura y de un consenso de todos los participantes.
La movilidad es una necesidad social, y su mejoramiento sostenible debe ser visto como un avance para la sociedad.
La nueva movilidad
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