Ciudad de México, 27 de abril de 2026.- La política arancelaria de Estados Unidos sobre el acero y el aluminio utilizados en la industria de vehículos medianos y pesados entra en una nueva fase operativa. El Departamento de Comercio publicó los procedimientos que permitirán a proveedores de México y Canadá acceder a una reducción del arancel vigente, que pasaría de 50% a un nivel máximo de 25%, siempre que cumplan con una serie de cumplimientos técnicos y productivos.
Aunque desde el 17 de octubre se había emitido una proclamación para ajustar estos aranceles, la falta de lineamientos claros había impedido que las empresas accedieran al beneficio. Fue hasta la publicación en el Federal Register del pasado 23 de abril cuando se definieron los requisitos y el mecanismo para solicitar el ajuste, destrabando un proceso que permaneció en pausa durante seis meses.
La Secretaría de Economía precisó que este beneficio no es automático. La reducción arancelaria está condicionada al cumplimiento de las reglas de origen del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), así como a que el acero y el aluminio hayan sido fundidos y colados dentro de la región. Además, las empresas deberán demostrar que son proveedoras —directas o indirectas— de la industria automotriz pesada en Estados Unidos.
Uno de los elementos centrales del nuevo esquema es la exigencia de compromisos de inversión productiva en territorio estadounidense. Los exportadores interesados deberán presentar proyectos detallados que incluyan ubicación, capacidad proyectada, estructura de costos, proveedores y cronograma de ejecución. Estos planes deberán avanzar conforme a hitos específicos, como la adquisición de terrenos o el inicio de la construcción, y estarán sujetos a reportes trimestrales de progreso ante el Departamento de Comercio.
El ajuste arancelario también estará limitado en volumen. Las reducciones aplicarán únicamente a cantidades equivalentes a la nueva capacidad de producción comprometida en Estados Unidos, lo que introduce un vínculo directo entre el beneficio comercial y la relocalización industrial hacia ese país. Esta condición refuerza el objetivo de política pública estadounidense de fortalecer su base manufacturera y asegurar la cadena de suministro en sectores estratégicos.
Cabe recordar que el arancel de 50% fue impuesto bajo la Sección 232, bajo el argumento de que las importaciones de acero y aluminio representan una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos. En este contexto, la flexibilización parcial del gravamen no elimina la lógica de protección, sino que la reconfigura hacia un esquema de incentivos condicionados.
El nuevo procedimiento también incorpora mecanismos de supervisión estrictos. En caso de incumplimiento de los compromisos adquiridos, el Departamento de Comercio podrá notificar a la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, lo que implicaría la reversión de los beneficios arancelarios.
Para México y Canadá, el esquema abre una ventana de oportunidad, aunque acotada. Las empresas que logren alinearse con los requisitos podrían mejorar su competitividad en el mercado estadounidense, particularmente en el suministro de insumos para fabricantes de vehículos pesados. Firmas como General Motors, Ford y Stellantis figuran entre las potenciales beneficiarias indirectas de este ajuste, al integrarse en cadenas de suministro que podrían optimizar costos bajo el nuevo marco.
En términos estructurales, la medida confirma una tendencia: el acceso preferencial al mercado estadounidense está cada vez más vinculado a compromisos de inversión local. Más que una reducción arancelaria tradicional, el esquema opera como un instrumento de política industrial que busca atraer producción, reforzar capacidades domésticas y redefinir la integración regional bajo nuevas reglas.