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La ruptura entre Estados Unidos y Canadá en torno a la relación comercial de Norteamérica coloca a México ante un nuevo desafío

La tensión comercial en Norteamérica eleva la incertidumbre, pero los fundamentos de México se mantienen: la IED alcanzó 34,968 millones de dólares y el nearshoring conserva su fuerza, mientras el país enfrenta el reto de equilibrar a EE.UU. y China.

Por: Alejandro H. Garza Salazar, fundador y director de inversiones de Aztlan Equity Management. Es especialista en asignación de capital, mercados globales, industria energética y nearshoring.

En el mundo de los negocios internacionales y la asignación global de capital, existe una máxima no escrita: los mercados detestan la incertidumbre, pero la ideología política le teme aún más al pragmatismo económico. Vivir y operar diariamente con un pie en Wall Street y otro en las cadenas productivas de México me ha enseñado que la distancia entre la narrativa estridente de Washington y la realidad operativa en los pisos de remate o en las plantas industriales de Monterrey y Querétaro suele ser inmensa.

Sin embargo, lo ocurrido recientemente con el quiebre de las conversaciones entre Estados Unidos y Canadá rompió ese frágil equilibrio. Ver cómo una negociación trilateral de la magnitud del T-MEC se descarrila hasta abrir paso a la amenaza de aranceles mutuos del 50% no es un titular más: es un golpe de realidad para cualquiera que tome decisiones de capital en la región.

La lección para los inversionistas es transparente: hoy no estamos negociando con la institucionalidad tradicional de un país, sino con el estilo de choque e imperativos políticos de la administración de Donald Trump.

Para México, la tentación de asumir una postura complaciente tras ver tropezar a Ottawa sería un error estratégico. Nuestra posición como el socio comercial número uno de Estados Unidos —superando tanto a Canadá como a China— responde a tres monedas de cambio sumamente valiosas: la integración manufacturera de menor costo en componentes electromecánicos y electrónicos, la contención migratoria y la cooperación en seguridad. A diferencia de Canadá, que abastece a Estados Unidos primordialmente de materias primas (commodities) como petróleo o minerales, México forma parte del engranaje industrial vital que mantiene operativas a las corporaciones estadounidenses.

Esta ventaja estructural ya se refleja con claridad en los números. En medio de la tormenta arancelaria global y la incertidumbre en Norteamérica, la Secretaría de Economía dio a conocer recientemente que la Inversión Extranjera Directa (IED) alcanzó un nuevo máximo histórico al cierre del primer semestre 2026, sumando 34,968 millones de dólares. Este incremento anual del 2.1% confirma que, a pesar de las rispideces políticas, México sigue siendo un destino irresistible para el capital productivo.

A la par, los datos macroeconómicos más recientes muestran que la economía mexicana repuntó 1.4% respecto al trimestre previo —alcanzando un crecimiento anual del 1.9%—, mientras que la inflación moderó su ritmo al 3.26% anual, registrando su nivel más bajo en lo que va del año. Aunque el país todavía avanza por debajo de su verdadero potencial, estos indicadores demuestran que el barco navega por el rumbo correcto.

No obstante, el verdadero malabarismo para México no será únicamente responder a los arrebatos de Washington, sino cómo preservar este atractivo y mantener un comercio próspero con China —que ve a México como su puerta natural a Norteamérica— sin detonar la furia arancelaria de la Casa Blanca.

¿Qué nos deja todo esto a quienes gestionamos capital y evaluamos riesgos en Norteamérica?

Primero, la certeza de que el libre comercio, tal como lo conocimos, se ha fragmentado en complejas dinámicas binacionales paralelas. Segundo, la convicción de que el nearshoring no se detendrá por un tuit o un arrebato político; la geografía, los bajos costos y la competitividad productiva son fuerzas obstinadas que terminan imponiéndose sobre cualquier retórica.

La integración de Norteamérica no se romperá en una mesa de negociación, pero tampoco se mantendrá en pie por inercia. Las crisis políticas pasan, las elecciones se suceden y los gobiernos cambian, pero la infraestructura productiva y el capital estratégico permanecen. Quienes sepamos interpretar el ruido coyuntural sin perder de vista los fundamentos del futuro no solo sobreviviremos a esta tormenta geopolítica: seremos los encargados de rediseñar el mapa de negocios de la próxima década.

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