Detroit, Michigan, 19 de enero de 2026.- A medida que se aproxima la revisión del T-MEC en 2026, el tratado comercial vuelve a colocarse en el centro de la discusión sobre el futuro de la industria automotriz en Norteamérica. El contraste entre los mensajes políticos y la postura del sector productivo quedó marcado por las declaraciones del expresidente Donald Trump y la respuesta del CEO de Ford, Jim Farley, quien defendió con firmeza la relevancia del acuerdo para la operación industrial de la región.
Trump calificó al T-MEC como un acuerdo “irrelevante” y sin un beneficio claro para Estados Unidos, al tiempo que sugirió que a Washington no le preocuparía su eventual expiración durante el proceso de revisión. Estas declaraciones se dieron en un contexto estratégico: el estado que concentra a las tres grandes armadoras estadounidenses —Ford, General Motors y Chrysler-Stellantis— y donde el discurso político apunta a presionar a las empresas para relocalizar producción dentro del territorio estadounidense. En ese marco, el exmandatario también insinuó que el acuerdo favorece principalmente a Canadá.

Frente a este escenario, Jim Farley fijó una posición diametralmente opuesta desde la óptica industrial. Para Ford, el T-MEC es un componente esencial del modelo productivo automotriz, no solo para la empresa, sino para toda la cadena de suministro regional. El directivo subrayó que México, Estados Unidos y Canadá operan como un solo sistema de manufactura, en el que vehículos y autopartes cruzan las fronteras en distintas etapas del proceso productivo.
Esta integración no es marginal. Las armadoras de Detroit dependen de cadenas de suministro que funcionan de manera transversal en los tres países, aprovechando reglas de origen comunes y el acceso a arancel cero. Cada año, cientos de miles de vehículos y componentes se producen de forma distribuida en Norteamérica, lo que permite optimizar costos, tiempos de entrega y especialización industrial.
El propio diseño del T-MEC refuerza esta lógica. El acuerdo, firmado en 2018, elevó el requisito de contenido regional automotriz de 62.5% bajo el antiguo TLCAN a 75%, con el objetivo de incentivar la producción y compra de autopartes dentro de la región. Este cambio obligó a las empresas a relocalizar procesos productivos y a fortalecer la red de proveedores en México, Estados Unidos y Canadá, consolidando un ecosistema industrial compartido.
Desde el análisis de centros especializados, el tratado ha sido clave para evitar un rompimiento abrupto del marco de libre comercio continental. El Wilson Center ha señalado que el T-MEC evitó un “desastre potencial” para la industria, al preservar uno de los motores industriales más dinámicos de la región desde 1994. En paralelo, el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) considera que la revisión de 2026 será una prueba decisiva para convertir al bloque en una verdadera “fortaleza” económica frente a un entorno geopolítico fragmentado.

El Departamento de Comercio de Estados Unidos coincide en que las reglas del acuerdo están diseñadas para atraer nuevas inversiones, generar más empleo bien remunerado y anclar proyectos estratégicos, como los relacionados con vehículos eléctricos y tecnologías autónomas, dentro de Norteamérica.
Para Ford, la revisión del T-MEC no implica que el acuerdo sea inamovible. La compañía reconoce que puede haber ajustes, pero insiste en que cualquier modificación debe preservar la integración regional. Romper este esquema, advierten desde la industria, tendría efectos directos en los costos de producción, encarecería los vehículos y debilitaría la competitividad frente a Asia y Europa.
Especialistas del sector advierten que una eventual salida del tratado provocaría aumentos arancelarios y una reconfiguración forzada de las plantas instaladas en la región. Para México, donde la industria automotriz es una de las principales fuentes de exportación y empleo, el impacto sería especialmente profundo. En ese contexto, la postura de Jim Farley refleja la preocupación de un sector que ve en el T-MEC no solo un acuerdo comercial, sino la columna vertebral de su modelo productivo en Norteamérica.

