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INDUSTRIA AUTOMTORIZ: EXPECTATIVAS Y REALIDADES

Detroit es y será por siempre la cuna de la industria automotriz de Norteamérica –si no es que del planeta- por excelencia, las páginas de la historia así nos lo dicen. En la región geográfica de los Grandes Lagos...

08 Noviembre 2016

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Detroit es y será por siempre la cuna de la industria automotriz de Norteamérica –si no es que del planeta- por excelencia, las páginas de la historia así nos lo dicen. En la región geográfica de los Grandes Lagos, en especial el territorio comprendido por el estado de Michigan, se han escrito algunos de los capítulos más gloriosos del universo automotor y se han forjado nombres importantes en el mundo sobre ruedas de hoy en día como Ford, General Motors y Chrysler, las famosas Big 3 o “Tres Grandes”, símbolos del poderío económico americano durante casi toda la segunda mitad del siglo pasado.

En gran parte la zona de Detroit debe sus mejores años de prosperidad y crecimiento exponencial a la industria del automóvil, de la misma forma en que se le puede atribuir su reciente situación de crisis y paulatina “decadencia” en la que se ha visto sumida debido a diversos factores como los estragos ocasionados por la enorme recesión económico-financiera, de la que el mundo aún resiente sus prolongados efectos. Ello la ha convertido en epicentro de los rescates financieros multimillonarios, hogar de grandes empresas en quiebra técnica y el mejor caldo de cultivo para nuevos modelos de restructuración de negocios deficitarios. Si usted visitara Detroit el día de mañana, se encontraría con una ciudad semi-abandonada, con su población residente diezmada con un 60% agrupada en ghettos llenos de pobreza y desolación, niveles de criminalidad incontrolables y un poder adquisitivo por los suelos, que apenas alcanza para subsistir. Los grandes esfuerzos gubernamentales y empresariales por resurgir de las cenizas no han tenido el impacto esperado, aunque ya se aprecian alentadores síntomas de recuperación.

El auge de la industria durante la Posguerra, allá por la década de 1950, atrajo ante sí una etapa de abundancia en muchos aspectos, de tal forma que la ciudad llegó a convertirse en una de las cuatro más importantes de Estados Unidos y contaba con una población de casi 2 millones de habitantes, muchos de ellos foráneos que arribaron tras el enorme movimiento económico y la gama de oportunidades que generaba el negocio de construir más y más autos para cubrir el voraz apetito del consumidor estadounidense de esa época, los primeros baby boomers. Era tal el mercado existente, que cientos de compañías proveedoras de piezas y componentes o todo tipo de servicios de soporte para la industria se fueron instalando, formando un enorme megacluster industrial que durante sus mejores años ofreció cientos de miles de empleos bien remunerados aún a sectores de la población marginados hasta ese momento y marcó el surgimiento de una gran clase media que se convirtió en el motor de todo el país.

Todo esto pasó de ser el sueño dorado a una pesadilla que trajo consigo todo tipo de problemas socioeconómicos. Lo que antes fueron barrios opulentos terminaron siendo sectores derruidos y abandonados; similar destino tuvieron parte de los centenares de fábricas que no sobrevivieron al colapso de la economía –unas 40 millas cuadradas de instalaciones manufactureras-, dejando a esta región con un panorama desolador del que será difícil resurgir. El éxodo de las millonarias inversiones fue devastador, pues el desempleo y la carestía social tuvieron un efecto negativo en cadena que tocó incluso a los sectores locales más acomodados. El negocio comercial, bancario, inmobiliario y de servicios se cayó, generando tras de sí una estela de inseguridad y conflictos sociales mayores. El daño llegó a tal grado que las finanzas locales ahora son insostenibles por los altos niveles de deuda adquiridos y los salarios promedio por hora ofrecidos por los empleadores difícilmente superan la mitad de lo que se pagaba hace unos años. Sin lugar a dudas, Detroit tuvo un antes y un después muy marcado posterior a este punto de inflexión.

Una vez repasado este capítulo de la historia, seguramente se estará haciendo la siguiente pregunta con cierta –pero hasta cierto punto bien fundada- preocupación:

¿Acaso el boom automotriz que se vive en México durante los últimos años, en especial en la zona Centro-Bajío del país, puede conducir a los mismos desastrosos e indeseables resultados de la otrora “Tierra Prometida” de Henry Ford?

Siendo completamente objetivos y analíticos, hay qué aclarar que la posibilidad existe y que eventualmente podría llegar a ocurrir si se repiten los mismos errores de nuestros vecinos del norte.

Para empezar, el depender tanto de la manufactura representa un gran riesgo en sí mismo. Tomando en cuenta que las empresas producen cerca de los mejores mercados y donde los costos de producción son bajos, se está de entrada a merced de los vaivenes de la economía mundial. Esto cambia si la apuesta se amplía a la generación de actividades de alto valor agregado, como la investigación, la ingeniería y el diseño. En este sentido, las alianzas estratégicas entre industria, autoridades, comunidad científica y academia son fundamentales para realizar el proceso de transferencia tecnológica efectivamente, pues permiten dar el salto hacia la producción de tecnología de alto nivel, como la aeroespacial, la robótica, la nanotecnología, etc. De ello ya han dado claras señales Mazda, la cual trabajará proyectos de investigación avanzada sobre resistencia de materiales y materias primas innovadoras, en coordinación con la Universidad de Hiroshima y la Universidad de Guanajuato. También tenemos el ejemplo de colaboración técnica entre Volkswagen, Pirelli y el Instituto Politécnico Nacional, ambos asentados en Silao, así como el de Nissan y la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y el de Getrag y su instituto homónimo en Irapuato, o el de proyectos de vehículos eléctricos entre General Motors y CFE. Entran en juego los sistemas de educación dual, que consisten en que estudiantes seleccionados con ciertos perfiles cursan estudios en otro país y complementan su formación participando directamente en la industria de aquél para elevar exponencialmente su nivel de preparación y experiencia, antes de regresar a México y replicar el modelo en las empresas en que sean contratados.

El siguiente paso...

...está relacionado con la calidad de la mano de obra y la alta competitividad de la misma. Por más barato que le resulte a una compañía trasladar sus operaciones de producción hacia otra latitud, esto no será una decisión inteligente si su mano de obra no cumplirá con el nivel de calidad que le exigen y además le imponen los sistemas de calidad estándar en el mundo, ni el nivel de satisfacción del comprador. Este fenómeno lo apreciamos claramente en Brasil, que a diferencia de la industria automotriz mexicana y a pesar de que es un mercado muy apetecible en términos de ventas no ha logrado elevar notablemente la competitividad de su industria automotriz.

Logrado lo anterior pasamos a la consecuencia inmediata. Si se tiene un nivel de calidad de excelencia y los costos se mantienen bajo control, la producción será enfocada tanto al consumo local como a la exportación. Esto lo vemos claramente en nuestro país, el cual suele ser aprovechado como plataforma de producción para muchos otros mercados. Desatender el mercado interno y romper el equilibrio entre ambas demandas, es síntoma de que algo anda mal. Su fortalecimiento es crucial si se tiene una visión de mediano y largo plazo. Véase el problema de la industria brasileña con la importación desmedida que su multimillonario mercado demanda por productos automotrices mexicanos, lo cual le obligó a modificar sus acuerdos comerciales con la nación azteca.

El Tema Arancelario

Cuando las autoridades negocian correctamente los términos de los flujos comerciales de importación y exportación, se garantiza el tener libre acceso para la venta en otros países del mundo, llámese Brasil, Estados Unidos, Europa, China, Japón, etc. Pero aún existen muchas otras naciones a las que tradicionalmente no se les presta mayor atención, a pesar de ser mercados en franco desarrollo. Estos nuevos nichos han sido observados por algunos sectores de la industria, por lo que han incrementado sus lazos con Medio Oriente y África, por ejemplo. Son oportunidades que deber ser aprovechadas.

La experiencia adquirida con el tiempo nos ha enseñado que poner todos los huevos en la misma canasta es un suicidio. La actividad industrial debe diversificarse de tal forma que si un sector determinado se tambalea –en este caso el automotriz-, deben existir otros sectores que no resientan de la misma forma los efectos y sean capaces de sostener el crecimiento al menos parcialmente.

Si todas estas variables logran mantenerse bajo un estricto control a niveles sanos y de manera simultánea, le aseguro que tendremos aquí industria automotriz para un buen rato, ¿no cree usted?

FUENTE: Cluster Industrial redacción

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